17 nov. 2011

La cuenta, gracias!

Un sonido martilleante le sacaba de sus sueños, miraba de reojo la mesilla cerca de su cama, las 7 de la mañana, de un día cualquiera, de un mes cualquiera y un año indiferente. El sol entraba por su ventana, y él aún no entendía que hacía despierto a esas horas. Se levantó pensadamente, camino hasta el lavabo, se miró al espejo y abrió los ojos de par en par para verse mejor.

Sus ojeras pronunciadas se hacían protagonistas en su cara, su barba descuidada desde hacía unas semanas restaba importancia al resto de su expresión. Se enjuagó la boca con un poco de elixir bucal mientras meaba como si no hubiera un mañana. El placer que recorría su cuerpo en ese momento era totalmente indescriptible, mejor que un orgasmo tras meses a pan y agua.

Escupió en el lavamanos, se secó la cara y volvió a su habitación, encima de esa vieja silla que se aguantaba en pie de milagro vio su motivo de estar despierto a esas horas. Su uniforme de trabajo descansaba sobre los hombros de la silla. Se cercioró de que el olor varonil no fuera demasiado apestoso. Una mueca le hizo saber que debería haber puesto una lavadora la noche anterior.

Sin embargo se vistió, se acercó hasta la nevera en la cocina, esa nevera daba tanta pena, casi huérfana, varias latas de cerveza, alguna de ella incluso abierta, un triste plátano tan negro como mugriento y un cartón de leche del cual pegó un buen trago. Miró su reloj, no entendía como con tan poco hecho había pasado el tiempo tan rápido, llegaría tarde una vez más, el sermón del jefe una vez más, y volvería a casa solo, amargado y sin ganas de seguir en esta insípida vida… O tal vez no.

Sus dudas no se habían hecho esperar, en cuanto entró por la puerta de la cafetería el jefe le reprochó una vez, los gritos de esa mañana se habían magnificado por toda la cafetería, su compañera, esa de la cual llevaba años enamorado, le miraba con la misma cara de decepción de siempre. Y él le sonreía una vez más, tal vez era la única por la razón de seguir existiendo, verla día a día embutida en una falda corta que dejaba ver sus piernas larguísimas, con el tamaño perfecto, esos muslos bien formados que se juntaban en un culo perfecto. Su cintura de avispa daba paso a un pecho proporcionado, ni demasiado grande ni demasiado pequeño.

Las horas pasaban lentas, un café para la mesa dos, una ración de patatas y una cerveza para la mesa cuatro. Su vida pasaba entre la plancha cuando el jefe estaba de cháchara con cualquier clienta, a servir mesa e incluso despachar y cobrar. Vamos lo que un camarero de cualquier barucho de poca monta haría…

La hora de la merienda, los funcionarios puntuales como siempre a la hora del bocadillo, pedían por doquier, ella servía mesas, él encerrado ahora en la cocina entre vapores y calor, sudaba para conseguir llevar todos los pedidos a tiempo. Su jefe gritaba una vez más, él asentía con la cabeza, ella miraba con pena como un chico indefenso dejaba que un don nadie le vociferara sin más. Al fin al cabo a ella le daba tanta lástima como él se daba a si mismo.

Cuando todo había pasado y el bar estaba medio vacío, ella se acercó a él, le puso la mano en el hombro y le sonrío. Levantó la cabeza y una sonrisa se marcó en su cara, ella le tocó la cara y le hizo un gesto claro, quería que esa barba no estuviera de esa forma.

Y llegó su hora de descanso, salió del bar en una dirección diferente a la de cada día, se acercó hasta el babero más cercano, sin más ordenó que le afeitara. Cuando terminó su hora de descanso volvió a aparecer por el bar, con la barba completamente rasurada, ella le recibió totalmente sorprendida, rieron, no le había visto nunca de esa forma…

Sus miradas se habían cruzado más de lo habitual durante ese día, al igual que los gritos de su jefe habían ido a más. Pero aún no estaba todo dicho. A media tarde, cuando el sol se iba escondiendo, entró una pareja de jóvenes, parecían nerviosos sin embargo se sentaron en la barra y pidieron un par de cervezas.

Después de servírselas, se fue al baño, volvía a mear como si nunca antes lo hubiera hecho, sin embargo tuvo que cortar ese momento de placer, un grito que venía de la cafetería, un vaso roto en mil pedazos… Algo no iba bien, salió del baño y se encontró con la situación, los dos jóvenes habían tomado de rehén a su ninfa, uno de ellos llevaba una pistola en la mano, el otro apuntaba directamente al cuello de la bella camarera con una navaja.

Levantó las manos y se paró en seco, los jóvenes alterados querían que se tirara al suelo, ella le decía que les hiciera caso, él intentaba calmarles, les explicó que la caja que habían hecho era una mierda que podían llevársela y nadie les diría nada, pero que la dejaran en paz… El jefe gritaba nuevamente, estaba vez para decirle que se tumbara en el suelo, ni él sabía por qué estaba haciendo esto, pero hizo caso omiso.

Dio un paso hacia delante, las manos al aire, mirando fijamente a los 2 atracadores, parecían más nerviosos aún, la situación era realmente tensa, otro paso más, el que tenía retenida a su pequeña razón de existir dio un paso atrás con él. Otro paso más, todo fue tan rápido que nadie puedo hacer nada para detenerlo, en cuestión de segundos una bala atravesaba su pecho, el dolor punzante de la bala atravesando carne, músculo, hueso, alojándose en sus órganos le hacía caer de rodillas.

El otro furtivo soltó a la chica, tan asombrado como todo el que estaba viviendo la situación dentro del bar, la empujó hacia delante y salió corriendo tirando del pistolero, el daño era irreversible, un reguero de sangre empezaba a brotar de la herida, y ella corrió en su auxilio. Le abrazó y le tumbo encima de su pecho, su mirada perdida en el techo del local, la luz le cegaba, pero pudo reconocer su rostro, sus ojos azules, sus labios rosados, su nariz achatada… ella le apretaba la mano, mientras sus ojos se llevaban de lágrimas.

Le gritaba que no se fuera, que se quedara con ella, que fuera fuerte… Cada vez oía la voz más lejana, apagándose como una radio que se queda sin pilas, sin embargo sonreía, con su último aliento consiguió acariciar el rostro de su amada, llevándose con el dedo índice una lágrima, acercándola a su boca y dejándola reposar sobre sus labios. Sus ojos se iban cerrando poco a poco, su respiración se hacía más lenta y pesada, la bala alojada en su pulmón, tan cerca del corazón como lo estaba ella.

Ella se acercó a sus labios, le besó, podía notar la respiración agitada sobre su cara, podía notar el frescor de las lágrimas que seguían brotando de su preciosos ojos, pero ya no podía saborear sus labios rosados, el sabor a cobre le ocupaba toda la boca… sin embargo sonrió, hasta que su cabeza se desplomó sobre el pecho de ella. Nunca más tendría que poner el despertador de las 7, nunca más oiría los berridos de su jefe… pero siempre tendría ese último momento con ella en la mente, fuera donde fuera, moría pero feliz por una vez en la vida. 




Or maybe I'm just blind...
So Love me when I´m gone...


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