11 jul. 2011

Ansiedad, vieja compañera de viaje.

Aún no había salido el sol, pero D ya sabía que iba a ser un mal día. Había algo que hacía que se sintiera sumamente gris, algo pesaba en su corazón y su alma. Una sombra del pasado parecía agrandarse hasta convertirse en una realidad.

El día avanzaba, y tal como había predicho D, las cosas se iba tornando de un color oscuro, el cielo demostraba su enfado con una tormenta que mojaba sus mejillas. Noticias de unos y otros, comentarios, rumores o incluso realidades llegaban a los oídos de nuestro querido D.

Después de varias horas en que su día se había tornado en una especie de huracán, y él estaba en el mismo ojo, su mente intentó vaciarse de pensamientos innecesario, incluso busco las palabras adecuadas para solucionar alguno de los altercados que agitaban su corazón.

D no encontró respuesta, pero sentía como su rostro expresaba la tristeza de un ser demacrado por los años, notaba esas manos frías subiendo por cuerpo, llegando hasta su cuello estrangulándole con su fuerza sobre humana. Sus pulmones se cerraban, agitando el pulso y la respiración. Lágrimas se derramaban besando toda su piel… Se había reencontrado de nuevo con una vieja conocida, la Ansiedad.

Intentar serenarse no le era posible, su respiración no recobraba la normalidad, sus pulmones dejaban entrar la cantidad mínima para sobrevivir, su pulso se aceleraba cada vez más, notaba como su sangre ardía… y aún te preguntas querido D porque te despiertas a las 4 de la madrugada y no eres capaz de conciliar el sueño. Que lleves tantas horas despierto no ayuda, de hecho agrava más el problema. Algún día esto acabara, solo el día en que digas adiós a esta cruel vida que te ha tocado vivir.

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