15 jul. 2011

Tan solo un segundo...

Se despertó de golpe, como si le faltara el aire. Se sentía bien, como si hubiera dormido 8 o 9 horas del tirón, sin embargo miró el reloj y su sorpresa fue mayúscula cuando advirtió que tan solo dos horas habían pasado.

Su cabeza empezó de nuevo con los vaivenes, pensamiento tras pensamiento se iba rayando cada vez más. Hasta el punto en que se levantó de la cama, encendió la luz y cabizbajo miró sus manos. En cuestión de segundos su mano derecha se cerró, apretando con fuerza el puño respiraba pesadamente. Cada vez le costaba más… Golpeó la pared dejando una pequeña marca en esa pintura blanca.

Decidió ponerse en pie, caminar hasta el lavabo, y mirarse al espejo, sus ojos vestían unas viejas ojeras que nada tendrían que envidiar a las bolsas de la compra de sus padres, enrojecidos por el paso de las noches sin dormir. Miró su puño nuevamente, el golpe había sido certero, un pequeño coagulo se estaba aposentando sobre sus nudillos. Abrió el grifo sin mediar palabra y dejo su mano muerta bajo el agua fría.

Volvió a su habitación, mirando como el ventilador del techo daba vueltas, y más vueltas. Se concentró en intentar  ver el momento exacto en que una de las aspas pasará por el mismo punto. Una manera de perder el tiempo como cualquier otra. Las horas pasaban lentas, su mente le jugaba malas pasadas, sus ojos se mojaban sin darse cuenta, pequeñas lágrimas besaron sus mejillas.

Sin darse cuenta las horas pasaron, la mañana se había hecho corta con tanto ajetreo, y aunque se sentía anímicamente cansado, su cuerpo respondía bien.  Después de una ducha rápida, se vistió para la ocasión, observó por la ventana que daba a la calle con cierta ansiedad. De repente al final de la calle, ese coche amarillo que en poco tiempo había disfrutado tanto aparecía de la nada.

Se miró una vez más al espejo, se retocó el pelo, cogió sus gafas de sol, se despidió sin más y bajo por las escaleras. Cuando llegó al rellano que daba al portal, podía verla, mirándose en el espejo, retocándose la línea de los ojos, colocándose el flequillo que tanto le cautivaba. Y sin más… sonrió. Salió con una sonrisa en su cara, se montó en el coche y con un beso en los labios, ella le recibió. Un beso que le sabía a la miel más dulce, él se apoyó en su hombro, oliendo su cuello. Y volvió a sonreír. Bastaba un segundo para que todo lo que había sufrido esa noche despareciera.

Un segundo para vaciar su mente, un segundo para sentirse bien, un segundo para verla sonreír y sentirse como un verdadero adolescente. En ese espacio tan corto de tiempo, él ya sabía lo que quería, y ella sonreía… Posiblemente fue el primer momento de esa larga semana que él había sacado sus dientes a relucir. Borrón y cuenta nueva, de una semana aciaga que ella con tan solo un segundo había destruido, con esa luz tan brillante que se formaba en sus ojos, esos ojos que le habían enganchado, y él no necesitaba más. Pensaba que podía morir en ese preciso instante y por fin conservar algo de la felicidad que tantos años le habían negado.


Tu eres la escala de mi armonía, la escala de melodía...
Esta guitarra se para, para ti
Tu eres la escala de mi armonía, la escala de melodía...
La reina de mi Música

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