18 abr. 2011

Holocausto: Desterrados

2 de Diciembre de 2010, todo el mundo sabe que cuando las cosas van mal… siempre pueden ir peor.  Aunque es increíble lo que está durando este boli, y este pequeño bloc de notas. Parece casi más resistente que nuestra fuerza de voluntad. Pero después de esta huída fatídica poco falta para que perdamos la cabeza y acabemos matándonos a nosotros mismo.

Después de salir de la azotea, y encontrar una vía de escape para salir de ese pueblo infestado de podridos, las cosas no mejoraron mucho. Encontramos un pequeño coche, llevaba algunos golpes a los lados, los cristales de ambas puertas rotos… Pero el motor, aunque costó, arrancó. El coche era tan pequeño que apenas cabíamos 3 de nosotros.  La suerte por una vez no nos daba la espalda, y a unos escasos metros del coche había una moto, de pequeña cilindrada. Por la situación y la sangre que había en el suelo, parecía que el coche había atropellado a la motocicleta.

J, la cogió, la probó y con la dirección bastante tocada, por lo menos se podía conducir. Eligió subirse en ella y que los demás fuéramos en el coche. Y así fue como partimos por un camino largo, oscuro y con muchas curvas… la ansiada libertad.

Cuando llevábamos un par de kilómetros, en un pequeño paso que daba paso en la curva a un barranco bastante profundo, J decidió adelantarnos y usar la luz de coche para guiarse por tan oscuro paraje. Su montura iba sin luces desde hacía un rato, y debida a la densa oscuridad prefirió ponerse delante del coche, a una velocidad de crucero que no nos retrasara demasiado.

La inercia de la curva hizo que me girara hacía la izquierda, mirando una roca que se agolpaba a la vera del arcén. Mi mirada siguió subiendo hasta encontrarme con una grotesca visión de un podrido abalanzándose sobre J y su moto. Todo ocurrió en decimas de segundo, y cuando quise darme cuenta J estaba rodando colina abajo, desapareció en la espesa noche junto al podrido.

Ante el asombro de la situación, y viendo que el conductor no tenía intención de parar el coche, puse el freno de mano. Las ruedas frenaron en seco, dejando ese desagradable olor a rueda quemada detrás de nosotros. Cuando fui a salir del coche noté como se me arrugaba la camiseta y me tiraba del cuello. E, estaba agarrándome y empezó a darme explicaciones de por qué no debía ir a ver qué había pasado con J. Me recordó la regla de que no se volvía atrás por nadie, y me instó a que si salía del coche él seguiría su camino junto a la joven panadera.

Posiblemente mi única familia viva, había caído por un barranco y algo me decía que no podía estar muerto. Les expliqué que mis esperanzas de sobrevivir eran leves, pero tenía claro que no iba a dejar a mi hermano pudrirse en ese sitio. Le iba a sacar como fuera. Aunque comprendían mi dolor, no estaban de acuerdo en que me fuera… pero no podían detenerme.

Salí del coche, cogí mi pequeña mochila de suministros, me armé con el bate de baseball. Cerré la puerta del coche, y golpeé el capó para que siguieran su camino. Por la luna trasera podía ver como la chica me miraba, con lágrimas en los ojos y se despedía sin entender muy bien porque su salvador había decidido quedarse atrás. Encendí la linterna y me asomé al barranco, no fue fácil pero bajé agarrado a toda rama saliente que me pudiera aguantar tras un mal resbalón.

Al llegar abajo, me acerqué a un pequeño riachuelo, enfocando a las piedras con la linterna encontré restos de sangre. Hubiera temido lo peor si no fuera porque dos metros más y encontré el cuerpo del zombie con la cabeza llena de golpes… Oí pasos detrás de mí, y menos mal que me dio tiempo a reaccionar ya que de otra manera hubiera acabado con el cráneo roto. J, pensaba que era un podrido que había llegado hasta allí y esgrimiendo un tronco casi me abre la cabeza.

J, estaba lleno de sangre, moratones por todos lados, raspaduras por doquier, pero estaba vivo… milagrosamente me contó que durante la caída pudo usar el cuerpo del podrido como parapeto y al chocar contra las rocas su golpe fue acolchado. Después de eso me echó la bronca por haber ido a buscarle, y me abrazó. Ahí estábamos los dos en medio de no se sabe dónde, tan solo nos quedaba rezar para que el bosque no acabara definitivamente con nuestras vidas.


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