1 abr. 2011

Viejas costumbres


Sucedió una extraña tarde verano, el sol pegaba con fuerza, el calor era sofocante y D estaba sentando en el cobertizo. Una leve brisa le acariciaba la cara, el porche que tanto trabajo le costó construir, servía como perfecta excusa para vaguear en las tardes, tirado en un viejo balancín que había encontrado en la basura y había restaurado.

“Ohh esto es vida si señor…” pensaba mientras le daba un buen trago a su cerveza de importación, bien fría y espumosa. Tras un sonado eructo, cerró los ojos y empezó a pensar en todo lo que había pasado, su vida aunque corta aún, había sido muy intensa. Cerca de los 40 ya, había vivido una adolescencia y juventud plena de aventuras. Sin duda, historias que nadie creería, de hecho quién podía creer que había cazado a un hombre lobo, o había mandado al infierno a un demonio. Nadie excepto el pequeño reducto de amigos que como él, habían estado inmersos en esa vida.

La sombra de un cuerpo femenino se alargaba desde la puerta hasta el cobertizo, su mujer, una esbelta joven que no aparentaba más de 25 años y que podría ser la envidia de cualquier quinceañera, se asomaba por la puerta. Con una sonrisa en la cara y con una rebeca que tapa levemente su vestido de enfermera, ella le acariciaba la cabeza, mientras le besaba la frente…

-          No te metas en líos muchachote…
-          ¿Te vas ya?
-          Si, tengo turno de noche y empiezo a las 20:00 de la tarde, por cierto J está de turno conmigo, ¿Quieres que le diga algo?
-          Dile a ese mal nacido que se pase por aquí alguna noche a cenar, tengo ganas de verle, y desde que se casó no ha vuelto a hacer vida normal.

A, sonrió nuevamente, le guiñó un ojo, y se fue por la puerta trasera de la casa. Se fondo se podía oír el taconeo incesante de sus zapatos… “Quizás debería darme una ducha empiezo a oler a puro macho…” pensó D en voz alta. Mientras se levantaba para irse a la ducha, pudo observar como el coche de A, un pequeño pero confortable Dogde de color rojo, se alejaba en la distancia. “Eso es un coche de nenas… mi coche si que mola, solo aquí podría conseguirlo!!” dijo mientras miraba la entrada de su garaje.

Un Ford Mustang del 65, azul oscuro con unas rayas blancas que atravesaban desde el capó hasta el maletero del coche, asomaba cual bestia dormida. D entró en el comedor, quitándose la camiseta dejando ver todas las marcas que su extraña vida le había ofrecido y cicatrices varias. Un cuerpo esculpido tras duras batallas, forjado con golpes y sudor. Sin duda nadie podría decir que estaba a punto de cumplir 40 años… Soltó el agua bien fría de la ducha y se metió dentro una vez desnudo. Encendió la radio, sintonizada su habitual frecuencia de Rock, empezó a enjabonarse el pelo.

De repente la radio empezó a hacer ruidos raros, las luces se apagaron y encendieron. D conocía esta situación pero no quería que sucediera. “¿Qué cojones…?” dijo mientras la frecuencia de la radio se había parado en una emisora de radio local.

“Esto es increíble queridos oyentes de F. Nations, si están en sus casas tapien sus puertas y ventanas, hagan acopio de comida y no abran a cualquier desconocido. No sabemos que extraño fenómeno está ocurriendo pero los muertos se están levantando de sus tumbas, cientos de no muertos caminan por las calles atacando a sus hermanos vivos… Nosotros Jack y yo, hemos conseguido sobrevivir gracias a la seguridad de la estación de radio no es así Jack… Jack… JAAAACKKK!! NOOOOOOO!!!”

D salió rápidamente de la ducha, se secó y vistió a la velocidad del rayo. Entró en el garaje como una exhalación, abrió un pequeño baúl y ahí estaba todo su arsenal, varias pistolas desert eagel, una escopeta semiautomática, varios cuchillos de caza… D sacó el armamento y varias cajas de munición y lo colocó toco en el maletero de su coche. Cuando abrió la puerta del maletero, pudo observar el símbolo grabado que había en el interior, un pequeño círculo rodeado de varias estrellas y puntos. “Que recuerdos me trae esto… yo no debería hacer esto, estoy retirado joder!!” dejo en voz alta.

Después de colocar el arsenal en el coche, se subió en su pequeño pony, arrancó el motor y lo hizo rugir, unos segundos más tarde, aceleró de tal forma que se pudo oír un gran chillido de las ruedas en el asfalto, una extraña sonrisa se dibujaba en la cara de D, se le podía ver nervioso pero feliz a través del retrovisor. “Se van a cagar esos malditos bastardos, hagamos que vuelvan a sus tumbas!” dijo encendiendo la radio donde sonaba un viejo CD…

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