16 abr. 2011

Holocausto II

23 de Noviembre de 2010, se ve algo de luz al final del túnel. Después de casi 20 días, los podridos dan síntomas de debilidad, están demasiado hambrientos para moverse con algo de peligro. Puedo observarlos desde la ventana, cada vez caminan mucho más lento, muchos están tumbados en el suelo como si hubieran vuelto a morir… Pero todos sabemos que no es así.

Parece que el sol les perjudica, tal vez será el calor que emana, o simplemente la luz, pero entre el hambre y la luz solar se han convertido en unos dóciles perros abandonados. Eso sí, no dudarán en comernos si nos cogen. J y yo, hemos planeado salir a buscar suministros, alimentos y armas, cuando el sol más pegue. Si todo sale bien tenemos unas 3 horas, si salimos a las 12:00 y volvemos antes de las 16:00. El problema es que los demás no quieren salir… y parece que vamos a tener que ir solos.

Con la expedición del otro día, creen que tenemos comida para pasar unas semanas más si la racionamos correctamente. Estoy harto de racionar comida… es un puto apocalipsis, podemos comer hasta hartarnos y gratis, y lo gratis siempre es bueno. De todas formas, tenemos muy claro que vamos a salir por esa puerta. Nos estamos volviendo locos, encerrados como animales, vamos a morir de una manera u otra. Mejor morir luchando que morir enjaulado. Al menos eso es lo que pienso yo. Se acerca la hora… voy a preparar mi equipo y salir por esa puerta. Espero volver de una pieza.



24 de Noviembre de 2010, estoy en un estado bastante raro, por una parte me siento como un enfermo psicópata y por la otra me siento como un héroe. El plan de ayer funcionó a la perfección, pero trajo consecuencias que no sé si me pasarán factura con el paso del tiempo.

Como estaba dictado, salimos a las 12:00 por la puerta trasera de la cafetería, en el pequeño callejón tan solo había un podrido, tirado en el suelo, casi sin fuerzas para moverse. Sin embargo su olfato era digno de admirar, dos pasos y nos olió como si fuera un perro de caza. Intentó arrastrarse hacia nosotros, J cogió el palo de madera que llevaba para protegerse, yo empuñaba un palo de escoba al que le había sacado punta como si de un lápiz se tratara. J le golpeó rápidamente en la cabeza, yo no me quedé atrás y le ensarté la cabeza como si fuera un pinchito. Aquí empieza lo preocupante, sentí un placer increíble al ver como acababa con el muerto viviente. No tiene porqué ser malo verdad?

Después de eso, los dos salimos por el callejón que daba a la calle principal, ahí estaban un grupo tirado en el suelo, y otros tantos caminando de un lado para otro, a paso lento e irregular. Muchos se chocaban entre ellos, parecían desorientados. Era el momento, J y D, juntos de nuevo como los dos hermanos de aquella serie que nos gustaba tanto. Nos miramos, hicimos la cuenta atrás y salimos corriendo como almas que lleva el diablo.

Cada cual en una dirección diferente, con objetivos claros. La gente se preguntaría en este caso si no deberíamos seguir juntos, y si posiblemente nos arriesgábamos más de la cuenta así, pero qué coño son zombies, muertos resucitados, creo que los dos podemos correr más que un podrido. Así abarcamos más terreno, cada cual equipado con la mochila de las excursiones a la espalda, un par de cacerolas colgando de los cinturones y cada cual con un arma contundente en la mano.

Mi destino fue bastante placentero, en mi recorrido encontré una pequeña tienda de bricolaje. Martillos, clavos, pequeñas hachas para cortar madera, un par de horcas para la paja… no había mucha más cosa, estábamos en un pueblo pequeño a las afueras de la ciudad no podía esperar nada más.  Después de esa pequeña tienda de herrería encontré, otra pequeña tienda de pueblo. La típica panadería que cada mañana asaltaba el pueblo con su olor tan especial, cuando el pan está recién hecho y más ganas dan de comérselo.
Entre por la puerta, como pude ya que estaba un poco atrancada, el olor era nauseabundo, pero una vez dentro no podía echarme atrás. Podía ver en la oscuridad gracias a una pequeña linterna que llevaba conmigo, pan mohoso por todas partes, en las estanterías hallé el tesoro, pequeñas latas de conservas de varios alimentos… y junto a la siguiente estantería el cuerpo de una mujer, semidesnuda.

Lo toqué levemente para ver si era un podrido al que había que rematar, no parecía moverse ni un ápice. Enfoqué la cara y no había síntomas de infección, revisé el cuerpo y tampoco había mordiscos por algún lado. Empecé a golpearle la cara, la muchacha empezó a responder a los estímulos. Cuando abrió los ojos y me vio sobre ella, se asusto y empezó a golpearme… después de unos cuantos manotazos en la cara pude atraparle las muñecas e intentar dialogar con ella.

Era una cría de 17 años, trabajaba en la panadería y el holocausto zombie la cogió por sorpresa, como a todos. Me contó que gracias a su padre pudieron tapiar la puerta principal y la trasera y quedarse ahí. Sin embargo una de las noches, los podridos hicieron hueco en la entrada y cogieron a su padre. Después de eso, volvió a tapiar la puerta como pudo e intento sobrevivir con  la comida enlatada. La verdad es que no lo había hecho nada mal hasta ese momento…

No le quise preguntar por qué iba tan ligera de ropa, las chicas cada vez se ponen modelitos más extraños, pero se ve que mi rostro delató lo que estaba pensando y me comentó que había usado los trozos de ropa de su vestido para tapar los resquicios de luz, para que no pudieran verla a través de ninguna ranura. Al fin y al cabo, los zombies no piensan en que detrás de una puerta puede a ver algo más que nada. Actúan por el instinto asesino, eso nos daba una ventaja.

Convencí a la chica para que viniera conmigo, nuestro refugio era bastante más agradable que esta pequeña panadería llena de pan mohoso y que pronto atraería a todas las ratas del pueblo. Le di una de las horcas, y salimos de aquel tugurio bien cargados de mercancías.  No tardamos en llegar a nuestro refugio, por el camino nos topamos con J, que venía corriendo a toda velocidad. Detrás suyo un rebaño de podridos se acercaba pesadamente, J había conseguido cargar su mochila de alimentos, así que el peso hacía que fuera más lento que nosotros.  Comuniqué a la chica que se acercara a la puerta y diera la clave para que abrieran, mientras empuñando una de las horcas que había conseguido, cubría a J de que ningún zombie se le acercara. Sanos y salvos, con provisiones y nuevas armas… Un día bastante completo.




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