19 abr. 2011

Holocausto: Mayday, Mayday!!!

4 de Diciembre de 2010, en mis largas noches de guardia me preguntaba qué podría haber más peligroso que un zombie hambriento. Ese día lo descubrí, un cazador al que le habían invadido su casa.

Cuando entramos en la pequeña cabaña, no encontramos rastros de mucha tecnología, una pequeña radio de campaña reposaba sobre el escritorio. Un centenar de hojas escritas a mano relataban hazañas heroicas sobre verdaderas carnicerías y poco más. J buscó un poco de alimento no enlatado en la cocina y un poco de agua potable. Yo cansado por todo lo que estaba pasando y las noches que llevaba sin dormir, me senté en un cómodo sillón… poco a poco mis parpados se fueron cerrando hasta que quedé dormido en un sueño profundo.

No sé cuanto dormí pero lo cierto es que mi despertar no fue mucho más plácido que otros días, una escopeta de doble cañón a escasos centímetros de mi cara. Un hombre sureño, un verdadero armario de 2 por 2, me estaba apuntando a la cabeza. Rápidamente sin hacer movimientos bruscos miré alrededor buscando a J. Le encontré adormilado, amordazado y atado a una de las sillas de la cocina.

Respiré profundamente y con voz firme incité al cazador a que me matara, realmente no tenía nada que perder. El cazador jaló el gatillo y segundos después me quitó el arma de la cara. Después de esa nueva experiencia frente a la muerte, el cazador se presentó. Me explicó que había tenido que amordazar a J ya que al verlo lleno de sangre y con tantas heridas pensó que era uno de los podridos que se había colado en casa. No me tomé muy bien que le amordazara de esa manera y le inste primero a que me soltara, y segundo a que explicara por qué a mí no me amordazó.

Su respuesta causó un choque en mi mente que me dejó inmóvil durante unos minutos. Había estado examinando el cuerpo de J por las heridas y el mío. Debía estar tan cansado que ni me di cuenta, y en mí no había encontrado nada raro. Sin embargo había una marca de dientes que podía significar que un infectado había mordido a J. Cuando salí del shock, me explicó que nada era seguro, pero prefería no arriesgarse, ya había matados a otros mordidos por zombies y no era nada agradable.

Empezaba a caer la noche y J seguía dormido, la droga que le había inyectado dejarle sedado durante buena parte del día, también era un indicativo para saber si estaba infectado. Encendió la chimenea y me hizo cargo de la radio, repitiendo el mensaje que había escrito en uno de los folios. Un mensaje de auxilio, intentado comunicarnos con otro ser humano. Después de varias horas repitiendo el mensaje llegó la hora de cenar… me sentía frustrado por no poder desatar a J, de hecho en una ocasión lo intenté, pero nuevamente sentí como me apuntaban en la nuca. R, era increíblemente ágil y sigiloso para ser un hombre tan grande.

Ya cenando, intenté saber qué hacía allí y por qué no había salido del bosque, con su habilidad podría haber llegado a la civilización. Tenía las ideas claras, ahí estaba el solo con la naturaleza, sabía que podía morir, pero nadie le aseguraba que un núcleo urbanita le ofreciera más protección contra los podridos que dónde habitaba.  Sin percatarme de nada, la cara de R cambió, se puso serio y se levantó llevando consigo su escopeta, me miró y me señaló un pequeño armario cerca de la chimenea.


Me acerqué, abrí la fina puerta de madera, dentro había 4 escopetas más, y varias cajas de cartuchos. Le miré, y no hizo falta decir nada más. Cogí una escopeta corredera, una caja de cartuchos y seguí a R. Sin duda su oído era finísimo, en cuanto salimos por la puerta el tintinar de unas campanillas se escuchaba levemente. R cerró la puerta con llave y me hizo seguirle hasta una escalera que llevaba al techo de la cabaña. Subí, esa sería mi posición, lanzó la escalera al suelo para que nadie inteligente pudiera subir por ella hasta a mí.

Él empezó a moverse entre los arbustos inspeccionando la zona. Unos segundos después oí el primer disparo, gracias a la luz del fogonazo pude observar unos 10 podridos que se acercaban lentamente hasta la casa, con un gesto R me indico que cubriera la parte trasera. Me acerqué hasta ahí, me aposté para poder disparar con más comodidad. Mientras oía disparos de la parte delantera, podía ver gracias a los fogonazos de luz donde venían los zombies. Apunté… y bingo! El primero cayó como una mosca. Después de varios disparos y de creerme el rey del mundo. Me levanté y disparé a los últimos podridos. Graso error.

El retroceso de la escopeta me hizo perder el equilibrio y caí del tejado como un saco de patatas, me hice añicos la espalda, el arma cayó unos cuantos metros alejada de mí. Y entre la conmoción del golpe podía oír unos pies arrastrándose hacía mí, cada vez estaban más cerca, me arrastré gritando de dolor, ya que no podía levantarme, cada brazada que daba para llegar hasta el arma era una agonía. Cuando estaba a punto alcanzarla, noté como unas manos afiladas me agarraban el gemelo tirando de mí, me giré y ahí estaba un podrido, tirando de mí, arrodillándose lentamente para morder su manjar preferido.

Saqué fuerzas de donde no las había y le golpeé con mi otra pierna, eso me dio unos segundos de vida para alcanzar por fin la escopeta. Cuando la tenía ya en mis manos, me giré, justo a tiempo para meterle le cañón al zombie que se había lanzado sobre mí. Sus ojos clavados en mí, sus manos intentado golpearme sin suerte. Respiré profundamente y disparé… todo habría acabado si no me hubiera quedado sin balas, después del último disparo debía haber recargado. Uno segundos después oí un disparo y la cabeza del podrido reventó en mil pedazos, llenándome la cara de sangre. R, había llegado a tiempo para salvarme la vida, nunca se lo podré agradecer… 

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